La novela aborda las primeras aventuras vitales y el quiebro brusco de Agustín. Tras este héroe, algo ingenuo, pero siempre inquisitivo y a menudo “clarividente”, adivinamos las preocupaciones y experiencias del propio Martín-Santos. El relato se demora en la maduración del protagonista -es una “novela de formación”-, hasta su acceso brillante a la judicatura. Siendo ya juez prometedor, en medio del desorden del carnaval de Tolosa, tiene noticia del asesinato del sereno de una fábrica familiar, y este drama oscuro termina por imponerse en su existencia, pues, a través de densos interrogatorios, va desentrañando las sórdidas vidas enredadas de los dueños de la fábrica y sus empleados. Poco a poco se deja adivinar el desgaste personal de Agustín. Y tras los instantes ambivalentes de un encuentro amoroso -o a causa de un fracaso vital más amplio- se produce su derrumbe y se ve inmerso en un mundo enrarecido y apocalíptico, lleno de voces extrañas, seres grotescos y fantasías míticas. Esta última novela de Martín-Santos, hoy casi olvidada pero decisiva en nuestra literatura del siglo xx, recupera y renueva una edición de 1975, con otra ordenación a la que se añade un brillante prólogo del autor. Ahora se pueden disfrutar mejor la fuerza de su imaginación y el nervio de su prosa. La narración, dotada de una gran carga introspectiva y de una sorprendente riqueza de ramificaciones y de travesías temáticas, va desgranando la confluencia entre mundo exterior y mundo íntimo, entre la ciudad envenenada por su río y la máscara inmoral de algunos habitantes. En los vericuetos mentales y en los de sus calles se plasma, mediante lirismos, meditaciones y diálogos, la demolición del protagonista. En este punto, la novela, aunque fracturada, y quizá por ello, alcanza su mayor complejidad y belleza.