El protagonista de esta novela tiene la cabeza volada, padece un trastorno que le lleva a la deriva pero no le impide mantener una desquiciada lucidez. Su vida es un deambular lleno de incidentes que toman forma en su imaginación y conciencia y de los que va dando cuenta como si al narrarlos liberara la tensión de sus obsesiones o pudiese encontrar una justificación a sus padecimientos. El protagonista es dueño de esa desquiciada lucidez que se plasma de manera tan contundente en el relato que puede llegar a envolver a los lectores hasta límites impensables y acaso sumirlos en la sospecha de que su padecimiento proviene del tiempo y el mundo trastornado en el que tan alteradamente sobrevive. Una suerte, al fin, de trastorno universal que atañe a la sociedad actual y a sus desconciertos y perplejidades, y que avala el sentido último de esta fábula tan divertida como perturbadora. Es fundamentalmente la novela de una voz, la de ese inolvidable personaje, y de un reto literario poco frecuente en su ambición simbólica, y que responde a la obra de un escritor tan peculiar como imprescindible que ha llegado imprescindible que ha llegado al límite de su maestría.




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