Tamoga es el pueblo que Mortes, un comerciante que huye de otra vida, elige para tener un accidente o suicidarse. Tamoga es donde está la casa que ha visto a Sacramento Andreini enloquecer después de la muerte de su marido. Tamoga es el lugar donde un día abandonaron a Palonzo, que por no tener familia fue hijo de Tamoga, criado como un animal sin dueño hasta que la vieja Luzdivina decidió saldar una cuenta con el pasado o la soledad y lo acogió. Tamoga vio partir a Celso, el sastre que de pronto se ve metido en una camioneta hacia un destino aciago, el mismo que segó la vida de otros muchos habitantes del pueblo, víctimas de la sinrazón de una guerra despiadada.

Pero esto son sólo algunos apuntes. Lo demás ocurre en las páginas de Cortejo de sombras, la voz de quienes habitan o habitaron Tamoga, una voz atemporal, que a veces suena como un coro y otras como un chirrido o un silencio. Tras más de treinta años “en el fondo de una caja a la espera de que me dignara desempolvarlo y echarle un vistazo”, el autor ha decidido compartir con el lector un texto sublime dentro de su producción creativa, un impresionante ejercicio literario que condensa todas las cualidades que han hecho de Julián Ríos uno de los escritores más deslumbrantes y perturbadores de la narrativa española contemporánea.