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Seferis, Yorgos

(1900-1971) nació en Esmirna antes de la ocupación turca y de la expulsión de la población griega, que había vivido allí por más de 3.000 años. Seferis, pues, nació griego en una ciudad que hoy es turca (como Cavafis, fue griego en una ciudad egipcia). A los catorce años se trasladó con su familia a Atenas, donde continuó sus estudios hasta 1917, año en que terminó el bachillerato, para trasladarse después a la Sorbona de París, donde estudió Derecho y Literatura entre 1918 y 1924. Ya entonces se esboza en él la condición que habría de acompañarlo a lo largo de su vida: la de encontrarse siempre entre dos puertos, nel mezzo del cammin, a medio viaje… Ésa es su condición, su destino. Seferis pasó casi toda su vida lejos de Grecia, pero esto no aflojó sus vínculos con su tierra natal sino al contrario: los hizo más fuertes y más naturales, por así decir. Como había hecho antes su padre, Seferis recuperó la cultura de sus ancestros para la lengua vernácula de sus paisanos (la demotikí), negándose a escribir en aquella lengua literaria, anquilosada y falsa, que fue la oficial de Grecia hasta 1979 (la katharévusa). Esa misma actitud lo llevó a negarse siempre a adornar su poesía con alusiones a la mitología –ese repertorio de historias cultas, ordenadas por comodidad en diccionarios– y a esforzarse en cambio por revivir el sentido del mito en su siglo, en la secularidad de una vida ordinaria. Lo que él quiere es escribir una poesía «de la que germinase una vez más el más antiguo drama», como dice un verso de Mythistórima. Por eso, quizá, no es de sorprender que este diplomático de carrera que fue Seferis –fue vicecónsul en Londres, cónsul en Albania en los años treinta, y durante la Segunda Guerra Mundial acompañó a los políticos griegos en el exilio, lo que lo llevó a vivir en Creta, Egipto, Suráfrica e Italia– haya recibido al final de su vida un reconocimiento más valioso que el premio Nobel que le concediera la Academia Sueca en 1963: a su entierro acudieron los griegos en masa, espontáneamente, a honrar en él la voz de la res publica y a oponerla al lenguaje secuestrado de la dictadura de los coroneles. Ésa es una suerte que no tuvieron ni Ezra Pound ni T. S. Eliot, poetas a quienes tradujo y con quienes comparte un tiempo y un mundo. Todo en los poemas de Seferis es regreso. Regreso imposible, si se quiere, pero siempre en curso, como el de Ulises en la Odisea. Quizá por eso para él no hay nada más griego que el viaje de vuelta, que carga a las espaldas la nostalgia de una tierra a la que hay que regresar, siempre regresar, pues acaso sea verdad que una patria no es nunca el lugar del que se parte sino siempre el lugar al que se vuelve.

Fotografía de Mario Vitti Photographic Archive National Bank of Greece Cultural Foundation

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