Una familia –padre, madre e hijo– acaba de llegar de vacaciones a un pueblo junto al mar. Han alquilado la casa y el coche soñados. Mientras se desplazan lentamente en su Mercedes descapotable rojo por la calle principal del pueblo, atravesando una multitud vestida con ropa veraniega y encajonada entre dos hileras de tenderetes, el niño roba su sombrero de paja a un vagabundo.

El niño y sus padres no dan importancia a esa acción espontánea y casi inocente. Pero es esta nimiedad la que, poco a poco, provoca acontecimientos que cargan la atmósfera de tensión. O quizá tan solo revelan una amenaza que ya estaba ahí: en los conflictos que discurren bajo la convivencia aparentemente pacífica de la familia, en la inquietud creciente del niño, en la obsesión que mueve al vagabundo a introducirse en la casa de vacaciones de los recién llegados.

En Bajo la luna negra todo sucede sin vuelta atrás, sin que podamos explicarnos por qué las decisiones más aparentemente intrascendentes de los personajes los van empujando a un drama que es, a la vez, catástrofe y salvación.



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