Dostoyevski, Fiodor

El pensamiento no oficial o heterodoxo, casi nunca encuentra en Rusia otro camino de expresión que no sea el de la literatura. Sólo en el ámbito de la ficción se tolera la expresión de unas ideas y unos sentimientos no fiscalizados por el poder, ya sea éste político o eclesiástico. Desde este punto de vista se puede interpretar la obra de Dostoyevski, un escritor que, a través de sus obras, intenta dar respuesta a sus interrogantes espirituales y religiosos, metafísicos y éticos, psicológicos y sociales. Así pues, si aceptamos la idea de que el pensamiento ruso es, como dice George Steiner, fundamentalmente religioso, la obra de Dostoyevski se puede leer como un intento de expresar este pensamiento en términos propios, literarios, es decir encarnados en argumentos, personajes, sueños y, sobre todo, diálogos. De forma que, dejando de lado los hilos propiamente formales del tejido literario dostoyevskiano, al margen de la prodigiosa capacidad de arrastrar al lector en pos de las aventuras anímicas y pasionales de sus personajes, en lo que se refiere al mensaje del autor –primer objetivo de éste–, se puede decir que la obra de Dostoyevski es la expresión de una constante reflexión filosófica en torno a la libertad. Pero quizás lo más sorprendente de este autor es que ha creado una obra que, siguiendo su camino ideológico consistente en la secularización de un pensamiento religioso, llega, paradójicamente al mismo punto de partida, a la ortodoxia cristiana, a una idea cristiana según la cual el hombre encuentra sentido a su existencia en la verdad revelada, es decir en el mensaje inmutable de Dios interpretado por la Iglesia. Si, por ejemplo, Noches blancas (1848), una de sus primeras novelas, se puede leer como una exaltación apasionada de la bondad humana, Los hermanos Karamázov (1880), la última obra de Dostoyevski, nos viene a descubrir que todos somos culpables, o, en cualquier caso, que todos somos responsables tanto de nuestros actos como los de los demás. La reflexión sobre la libertad humana, fundamento de nuestro ser, nos lleva –siempre desde la perspectiva de Dostoyevski– a la necesidad de aceptar libremente la ley divina, el mandato de la fe, el catecismo de la verdad, o, lo que es lo mismo, a negarnos libremente a ser libres. Nacido en Moscú en 1821, hijo de un médico, Fiódor Dostoyevski se sintió pronto poseído por una poderosa vocación literaria. Su profundo sentimiento religioso lo llevó a interesarse por los «humillados y ofendidos» y por las reformas sociales, actitud que le valió largos años de condena y la deportación a Siberia. En estos años se produce un giro radical en su visión del hombre y del mundo. Vuelto a San Petersburgo en 1860 reinicia su carrera literaria, actividad en la que, a pesar de las dolencias y de las dificultades, prosiguió hasta el final de su vida, en 1881. La obra de Dostoyevski puede dividirse, como su ideario, en dos grandes períodos, separados por la condena. El primero, de aprendizaje y penetrado de un socialismo cristiano, con obras como Pobres gentes (1846) o Noches blancas (1848), y el segundo, con sus grandes novelas Crimen y castigo (1866), El idiota (1868), Los demonios (1872), Los hermanos Karamázov (1880) y el colosal Diario de un escritor, en el que el escritor se nos muestra en toda su grandeza y profundidad psicológica, así como en su contradictorio y rico talante profético.

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