El legado de Humboldt
Saul Bellow
En una novela inspirada en experiencias personales y considerada como una de sus obras mayores -que Galaxia Gutenberg publica en una nueva traducción-, Bellow retrata la esquizofrenia social y cultural de Estados Unidos, combinando las reflexiones metafísicas del protagonista con los mordaces diálogos terrenales de los personajes que va encontrando, utilizando para ello un elegante pero cáustico sentido del humor.

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Fragmento
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Características

Fragmento [1] 
El libro de baladas que publicó Von Humboldt Fleisher en los años treinta fue un éxito instantáneo. Humboldt era lo que todo el mundo estaba esperando. Al menos yo, en el Medio Oeste, había estado aguardándolo con ansiedad. Un escritor de vanguardia, el primero de una nueva generación, apuesto, rubio, corpulento, serio, ingenioso y muy culto: lo tenía todo. Se publicaron reseñas en todos los periódicos. Su fotografía apareció en Time sin comentarios injuriosos y en Newsweek con elogios. Leí las Arlequín Ballads con entusiasmo. Por entonces estudiaba en la Universidad de Wisconsin, y me pasaba día y noche pensando en la literatura. Humboldt me descubrió nuevas maneras de hacer las cosas. Yo estaba embelesado. Envidiaba su suerte, su talento y su fama, y en mayo me encaminé al Este para verlo, para acercarme a él si era posible. El viaje en el autocar Greyhound, que siguió el itinerario de Scranton, duró unas cincuenta horas. Ni me enteré. Las ventanillas iban bajadas. Hasta entonces, nunca había visto verdaderas montañas. Los árboles echaban brotes. Era como la Pastoral de Beethoven. En mi interior, me sentía colmado por el verdor. Y Manhattan también me pareció un lugar magnífico. Alquilé una habitación por tres dólares a la semana y encontré empleo como vendedor a domicilio de la empresa Fuller Brushes. Todo me emocionaba. Le había escrito a Humboldt una larga carta de rendido admirador, y me invitó a Greenwich Village para charlar de literatura e ideas. Vivía en Bedford Street, cerca de Chumley's. Primero me ofreció un café solo y luego sirvió ginebra en la misma taza.
-Pareces un chaval muy agradable, Charlie -me dijo-, ¿no serás un poco malicioso? Me temo que vas camino de una calvicie prematura. Y tienes unos grandes ojos, bellos y emotivos. Pero está claro que amas la literatura, y eso es lo principal. Tienes sensibilidad.
Eso me dijo. Humboldt fue de los primeros en utilizar esa palabra, sensibilidad, que haría carrera más tarde. Fue muy amable. Me presentó a mucha gente del Village y me buscó dónde publicar reseñas de libros. Siempre le quise.
El éxito de Humboldt se prolongó unos diez años. A finales de los cuarenta empezó la decadencia. A principios de los cincuenta yo me hice famoso. Hasta gané un montón de dinero. Ah, dinero, ¡el dinero! Humboldt nunca me perdonó que lo ganara. Los últimos años de su vida, cuando no estaba demasiado deprimido para hablar ni encerrado en el manicomio, iba por Nueva York despotricando con amargura contra mí y mi «millón de dólares».
-Fijaos en Charlie Citrine. Vino de Madison, en Wisconsin, y llamó a mi puerta. Ahora tiene un millón de dólares. ¿Qué clase de escritor o intelectual gana tanta pasta? ¿Un Keynes? Vale, Keynes es una figura mundial. Un genio de la economía, un príncipe de Bloomsbury -decía Humboldt-, casado con una bailarina rusa. El dinero se supone en su caso. Pero ¿quién coño es Citrine para hacerse tan rico? Antes éramos buenos amigos -precisaba-, pero en ese tipo hay algo perverso. Después de ganar tanta pasta, ¿por qué se va a esconder en el culo del mundo? ¿Para qué ha ido a Chicago? Tiene miedo de que le descubran.

Siempre que tenía la mente lo bastante lúcida, usaba su talento para atacarme. Y lo hacía a conciencia.
Yo no pensaba en el dinero. Oh, Dios, ni de lejos; lo que yo quería era hacer el bien. Me moría por hacer algo bueno. Y esa sensibilidad se remontaba a mi particular sentido de la existencia ya desde antiguo, se hundía en las profundidades vidriosas de la vida y buscaba a tientas, con desesperación, exaltada, un sentido; era yo una persona con una aguda conciencia de los velos pintados, de Maya, de las bóvedas de vidrieras multicolores manchando la radiante blancura de la eternidad, estremeciéndose en el vacío intenso1, y todo lo demás. Estaba colgado por cosas así. Y Humboldt lo sabía, pero en sus últimos años no era capaz de mostrar el menor afecto hacia mí. Enfermo y dolido, no me pasaba una. Se limitaba a subrayar la contradicción entre los velos pintados y la pasta gansa. Pero todo el dinero que conseguí vino por sí solo. El capitalismo me lo hizo ganar por oscuras y cómicas razones propias. Fue el mundo el responsable. Ayer leí en The Wall Street Journal un artículo acerca de la melancolía de la opulencia: «En los cinco milenios de historia escrita del hombre, nunca tantos habían sido tan ricos». Las mentes que se han formado en estos cinco milenios de escasez están distorsionadas. El corazón no puede asimilar este tipo de cambios. A veces, sencillamente, se niega a aceptarlos.

En los años veinte, los niños de Chicago buscaban tesoros cuando empezaba el deshielo, en marzo. A lo largo de los bordillos se acumulaban montones de nieve sucia y, cuando se fundían, el agua corría trenzada y reluciente por las calzadas, dejando al descubierto un precioso botín: tapones de botellas, engranajes de piezas de motores o monedas de centavo, de las antiguas, con el busto de un indio. Y la primavera pasada, ya casi anciano, me di cuenta de que me había bajado de la acera y caminaba por el lado del bordillo, buscando. Buscando ¿qué? ¿Qué estaba haciendo? ¿Y si encontraba una moneda de diez centavos? ¿Y si encontraba una de cincuenta? ¿Qué pasaría? No sé cómo había vuelto el alma de niño, pero ahí estaba, en mí. Todo se derretía: el hielo, el buen juicio, la madurez. Qué habría dicho Humboldt?
Cuando me enteraba de los comentarios mordaces que hacía sobre mí, no eran pocas las veces que me parecía que tenía razón.
-A Citrine le dieron un premio Pulitzer por su libro sobre Wilson y Tumulty. El Pulitzer es un premio para pardillos, para polluelos. No es más que un galardón publicitario de periódico de pacotilla, concedido por estafadores y analfabetos. Te conviertes en un anuncio andante hasta tal punto que, cuando la palmas, las primeras palabras de su necrológica son «Fallece un ganador del Pulitzer».
No andaba muy desencaminado, pensaba yo.
-Y Charlie ha ganado dos Pulitzer. El primero se lo dieron por aquella obra sensiblera. La que le hizo ganar una fortuna en Broadway. Sin contar con lo que sacó por los derechos para el cine. ¡Si hasta le dieron un porcentaje de los beneficios! Y no digo que llegara a plagiarme, pero sí me robó algo... mi personalidad. Le dio mi personalidad a su héroe.
Incluso en esto, descabellado como suena, quizá llevaba parte de razón.
Era un conversador maravilloso, un monologuista e improvisador febril e irrefrenable, un calumniador sin par. Que Humboldt te denigrara suponía una especie de privilegio, en serio, algo así como posar de modelo para un retrato con dos narices de Picasso o para una gallina destripada de Soutine. El dinero siempre le inspiraba. Le encantaba hablar de los ricos. Criado con los tabloides de Nueva York, solía mencionar los escándalos dorados del pasado. Peaches y Daddy Browning. Harry Thaw y Evelyn Nesbitt, la era del jazz, Scott Fitzgerald y los superricos. A las herederas de Henry James se las conocía al dedillo. En ocasiones, él mismo urdía cómicos planes para ganar una fortuna. Pero su verdadera riqueza era la literaria. Había leído muchos miles de libros. Decía que la historia era una pesadilla durante la cual él intentaba conseguir una buena noche de descanso. El insomnio le hizo más erudito. De madrugada leía gruesos volúmenes: Marx y Sombart, Toynbee, Rostovzef, Freud. Cuando hablaba de la opulencia era capaz de comparar el lupus romano con las riquezas de los protestantes norteamericanos. Después solía tocar el tema de los judíos, los judíos con sombrero de seda de Joyce delante de la Bourse. Y acababa con la máscara mortuoria de Agamenón, aquel cráneo chapado en oro que había desenterrado Schliemann. Humboldt sabía hablar.
Su padre, inmigrante judío húngaro, había cabalgado con la caballería de Pershing en Chihuahua, persiguiendo a Pancho Villa en un México de putas y caballos (nada que ver con la vida de mi propio padre, un hombrecillo cortés que rehuía cosas como aquéllas). El padre de Humboldt se había sumergido a fondo en América. Humboldt hablaba de botas, cuernos de caza y vivacs. Más tarde llegarían las limusinas, los hoteles de lujo, los palacios en Florida. Su padre vivió en Chicago durante el boom. Se dedicaba al negocio inmobiliario y tenía una suite en el Edgewater Beach Hotel. En verano hacía ir allí a su hijo. Humboldt también conocía Chicago. En la época de Hack Wilson y Woody English, los Fleisher tenían un palco en Wrigley Field. Iban al partido en un Pierce-Arrow o un Hispano-Suiza (a Humboldt le volvían loco los coches). Y allí estaban las encantadoras chicas de John Held, Jr., deslumbrantes, con escarpines. Por no mencionar el whisky y los gánsteres, y los bancos de La Salle Street, lúgubres bajo sus columnas, con el dinero del ferrocarril, de la industria porcina y de los cosecheros guardado en cajas fuertes de acero. Ese Chicago era por completo desconocido para mí cuando llegué de Appleton. Yo jugaba al béisbol infantil con niños polacos bajo las vías del ferrocarril elevado. Humboldt comía pastel de chocolate con capas de melcocha y coco en Henrici's. Yo nunca entré en Henrici's.
Una vez llegué a ver a la madre de Humboldt, en el oscuro apartamento de West End Avenue donde vivía. Tenía la misma cara de su hijo. Era una mujer gorda, de labios gruesos que, envuelta en un albornoz, permaneció muda. Su cabello era cano, tupido, rizado con fiereza. La melanina se le concentraba en el dorso de las manos y en las manchas del rostro, unas manchas grandes como sus ojos, más oscuras que la cara que cubrían. Humboldt se inclinó para hablarle; ella no le respondió y se limitó a mirar a otro lado con una expresión de profundo agravio femenino. Cuando salimos del edificio, Humboldt estaba triste y dijo:

-Me dejaba ir a Chicago pero tenía que espiar a mi padre, anotar los extractos bancarios y los números de cuenta y apuntar los nombres de sus putas. Iba a demandarle. Está loca, ya lo has visto. Pero él lo perdió todo en el crack. Murió de un ataque al corazón en Florida.
Ése era el trasfondo de aquellas baladas ingeniosas y alegres. Él era un maníaco depresivo (según su propio diagnóstico). Poseía una colección de obras de Freud y leía publicaciones de psiquiatría. Cuando te has leído la Psicopatología de la vida cotidiana sabes que la vida cotidiana es psicopatología. A Humboldt le parecía muy bien. Solía citarme un fragmento del Rey Lear: «En las ciudades, revueltas; en los países, discordia; en los palacios, traición; y el lazo entre el padre y el hijo se rompe...». Ponía un énfasis especial en lo de «el padre y el hijo». «Desórdenes ruinosos nos siguen inquietantes hasta nuestras tumbas.»
Y hasta ahí lo persiguieron los desórdenes ruinosos hace siete años. En ese momento, cuando se publicaron nuevas antologías de poesía, me acerqué al sótano de Brentano y las revisé. Habían omitido los poemas de Humboldt. A aquellos cabrones, los directores de las funerarias literarias y los politicastros que seleccionaban esas antologías, no les parecía digno el trasnochado Humboldt. De manera que todo su pensamiento, todos sus escritos y sus sentimientos no importaban nada; todas las incursiones que había realizado tras las líneas para traer algo de belleza a su regreso no sirvieron para nada, salvo para consumirle. Murió en un sórdido hotel junto a Times Square. Yo, un tipo distinto de escritor, seguí vivo para llorarlo desde mi prosperidad en Chicago.
La noble idea de ser un poeta americano hacía que Humboldt se sintiera a veces un bicho raro, un niño, un cómico, un idiota. Vivíamos como bohemios y estudiantes, en una atmósfera de juego y diversión. Tal vez América no necesitara arte ni milagros interiores. Tenía ya demasiados prodigios externos. Estados Unidos era un gran montaje, una gran máquina en funcionamiento, muy grande. Cuanto mayor ella, más pequeños nosotros. De manera que Humboldt se comportaba como un excéntrico y un tipo cómico. Pero de vez en cuando dejaba a un lado la excentricidad y se paraba a pensar. Intentaba hacerlo con lucidez, alejado de este mundo americano (yo también lo intentaba). Yo comprendía que él reflexionaba sobre qué se debe hacer entre el entonces y el ahora, entre el nacimiento y la muerte, para responder a ciertas grandes preguntas. Tales meditaciones no le hicieron más cuerdo. Probó las drogas y la bebida. Por último tuvieron que administrarle muchas sesiones de tratamiento con electrochoques. Se trataba, desde su punto de vista, de Humboldt contra la locura. Y la locura era infinitamente más poderosa.
Las cosas no me iban demasiado bien cuando Humboldt hizo de las suyas, por así decirlo, desde la tumba, y causó un cambio fundamental en mi vida. A pesar de la gran discusión que nos había separado y de los quince años de distanciamiento, me dejó algo en su testamento. Heredé un legado.
Era un gran animador de reuniones, pero se estaba volviendo loco. Su patología sólo podía pasar inadvertida a los que se reían demasiado fuerte para fijarse. Humboldt, aquel hombre grandilocuente, imprevisible y atractivo, con su cara ancha y rubia, aquel hombre encantador y desenvuelto, profundamente inquieto y a quien yo me sentía tan unido, vivió con pasión, hasta el final, el problema del Éxito. Como es natural, murió en el Fracaso. ¿Qué otra consecuencia puede deparar el poner en mayúscula ese tipo de términos? Por mi parte, siempre he procurado tener pocas palabras sagradas. En mi opinión, Humboldt había confeccionado una lista demasiado larga: Poesía, Belleza, Amor, Tierra Baldía, Alienación, Política, Historia, Inconsciente. Y, no podían faltar, Maníaco y Depresivo, siempre en mayúscula. Según él, el gran Maníaco Depresivo de América fue Lincoln. Y Churchill, con lo que el inglés denominaba «estados de ánimo de perro negro», era un caso clásico de Depresión Maníaca.
-Como yo, Charlie -decía Humboldt-, pero piensa: si la Energía es Gozo y la Exuberancia es Belleza, el Maníaco Depresivo conoce mejor que nadie el Gozo y la Belleza. ¿Quién puede tener tanta Energía y Exuberancia como él? Tal vez acentuar la Depresión sea una estrategia de la Psique. ¿No dijo Freud que la Felicidad no era más que la remisión del dolor? Por tanto, a mayor dolor, la Felicidad será más intensa. Pero todo esto tiene un origen anterior: la Psique produce dolor a propósito. Además, a la humanidad siempre le ha aturdido la Exuberancia y Belleza de ciertos individuos. Cuando un Maníaco Depresivo es capaz de librarse de sus Furias, es irresistible. Atrapa la Historia. Creo que el empeoramiento de su estado es una técnica secreta del Inconsciente. Y en cuanto a que los grandes hombres y los reyes sean esclavos de la Historia, creo que Tolstói iba muy desencaminado. No te engañes: los reyes son los enfermos más sublimes. Los héroes Maníacos Depresivos arrastran a la humanidad a sus propios ciclos y exaltan a todos.
El pobre Humboldt no impuso sus ciclos por mucho tiempo. Nunca llegó a ser el centro radiante de su tiempo. La Depresión se abatió sobre él y no le abandonó. Los períodos de manía y poesía acabaron. Tres décadas después de que las Harlequin Ballads le hicieran famoso murió de un ataque al corazón en una pensión de mala muerte entre la calle Cuarenta y la Cincuenta, una de esas zonas del midtown de Manhattan que parecen una sucursal del depauperado Bowery. Dio la casualidad de que esa noche yo estaba en Nueva York. Había ido a la ciudad por unos asuntos, es decir, para nada bueno. Y es que nada de lo que me traía entre manos era bueno. Distanciado de todos, Humboldt vivía en un establecimiento de acogida llamado Ilscombe. Más tardé fui a echarle un vistazo. La Seguridad Social alojaba ancianos allí. Murió una noche de calor asfixiante. Ni en el Plaza yo me sentía cómodo. El monóxido de carbono era espeso. Los aparatos de aire acondicionado vibraban y goteaban sobre los transeúntes por la calle. Una mala noche. A la mañana siguiente, cuando volvía a Chicago en un 727, abrí el Times y encontré la necrológica de Humboldt.
Yo ya sabía que Humboldt no tardaría mucho en morir porque lo había visto dos meses antes por la calle y llevaba la muerte inscrita en cada rincón de su cuerpo. Él no me vio. Había engordado y su aspecto era grisáceo, enfermizo, ceniciento; se había comprado un pretzel y se lo iba comiendo: su almuerzo. Oculto tras un coche aparcado, lo observé. No me acerqué a él. Me pareció imposible abordarle. Por una vez, mis asuntos en el Este eran legítimos y no había ido a perseguir a alguna mujerzuela, sino que estaba preparando un reportaje para una revista. Esa misma mañana había sobrevolado Nueva York en una comitiva de helicópteros de la Guardia Costera con los senadores Javits y Robert Kennedy. Luego había asistido a un almuerzo político en el restaurante Tavern on the Green de Central Park, uno de esos actos en que todas las celebridades se muestran encantadas de verse. Yo estaba, según me dijeron, «en una forma estupenda». Si no tengo buen aspecto, suelo estar hecho polvo. Pero esa mañana sabía que mi aspecto era bueno. Además, llevaba dinero en el bolsillo y había estado mirando escaparates en Madison Avenue. Si me encaprichaba de una corbata de Cardin o de Hermès podía comprarla sin preguntar el precio. Tenía el vientre liso, llevaba calzoncillos de algodón Sea Island, de los que cuestan ocho dólares el par. Me había apuntado a un gimnasio de Chicago y, con un esfuerzo agotador digno de un anciano, me mantenía en buena forma. Practicaba un deporte duro y rápido que se jugaba con pelota de paddle, una variante del squash. Así que, ¿cómo iba a abordar a Humboldt? Era demasiado. Mientras yo sobrevolaba Manhattan en helicóptero, contemplando Nueva York como si viajara en un barco de fondo transparente sobre un acantilado tropical, él seguramente andaba buscando a tientas entre sus botellas alguna gota de zumo que mezclar con su ginebra matinal.
Tras la muerte de Humboldt me dediqué todavía con mayor intensidad a la práctica del deporte. El día de Acción de Gracias pasado me escapé por piernas de un atracador en Chicago. Salió por sorpresa de un oscuro callejón, pero yo fui más rápido. Fue un acto reflejo. Me aparté de un salto y corrí todo lo que pude por el medio de la calle. De niño no es que corriera mucho. ¿Cómo era posible que, mediada la cincuentena, impulsado por el deseo de huir, fuera capaz de esos arranques de velocidad? Más tarde, esa noche, alardeaba:
-Todavía puedo ganarle a un yonqui en los cien lisos.
¿Ante quién me jactaba de mi potencia de piernas? Ante una joven llamada Renata. Estábamos acostados. Le contaba cómo había arrancado, cómo había corrido llevado por el diablo y había podido huir. Y ella me respondió, en el momento justo, como si estuviera preparado (ah, la cortesía, la gentileza de estas bellas jóvenes):
-Estás en una forma magnífica, Charlie. No eres corpulento, pero sí fuerte, sólido, y además elegante. Me acarició los costados desnudos. Mi amigo Humboldt nos había abandonado para siempre. Seguramente, sus huesos se habrían desmenuzado ya en el cementerio para pobres. Tal vez en su tumba no quedaran más que unos grumos de hollín. Pero Charlie Citrine todavía seguía ahí, ganándoles carreras a delincuentes furiosos por las calles de Chicago, y Charlie Citrine estaba en una forma espléndida, acostado al lado de una amiga voluptuosa. Este Citrine hasta podía realizar cierto ejercicio de yoga y había aprendido a hacer el pino para aliviar los dolores de su cuello artrítico. Mantenía a Renata puntualmente informada de mi bajo colesterol. También le repetía los comentarios del médico sobre mi sorprendentemente juvenil próstata y mi excepcional electrocardiograma. Reforzada así mi ilusión e idiotez con esos magníficos informes médicos, abrazaba a Renata, con sus voluminosos pechos, sobre mi colchón Posturepedic. Ella me miraba con ojos enamorados y compasivos. Yo inhalaba su deliciosa humedad, participando en persona del triunfo de la civilización americana (teñida ahora de los colores orientales del Imperio). Pero en un rincón de mi cerebro, en un fantasmagórico paseo marítimo de Atlantic City del interior de mi mente, veía a un Citrine distinto, al borde de la senilidad, con la espalda encorvada, débil. Sí, muy débil, sentado en una silla de ruedas que alguien empujaba junto a las pequeñas olas saladas, olas que eran tan escuchimizadas como yo. ¿Y quién empujaba mi silla? ¿Era Renata, la Renata que había conquistado en las guerras de la Felicidad con un veloz avance blindado digno de Patton? No, Renata era una chica estupenda, pero no podía imaginármela detrás de mi silla de ruedas. ¿Renata? No. Imposible.
En Chicago, Humboldt se convirtió en uno de los muertos que me importaban. Yo pasaba mucho, demasiado tiempo pensando en los difuntos, casi en comunión con ellos. Además, mi nombre estaba vinculado al suyo porque, a medida que el pasado iba quedando atrás, los años cuarenta empezaron a adquirir valor para la gente que confeccionaba variopintos retales culturales, y corrió la voz de que en Chicago vivía todavía un tipo que había sido amigo de Von Humboldt Fleisher, un hombre llamado Charles Citrine. Gente que escribía artículos y libros, o redactaba tesis académicas, me mandaba cartas o venía en avión a visitarme para hablar conmigo sobre él. Y debo añadir que, en Chicago, Humboldt era un tema natural de reflexión. La ciudad, que se extendía a lo largo de la orilla septentrional de los Grandes Lagos -veinte por ciento de las reservas mundiales de agua dulce-, con su gigantesca vida externa, contenía en sí el problema entero de la poesía y la vida interior de América. Aquí podía examinarse ese tipo de temas como si se contemplaran a través de una capa transparente de agua dulce.
-¿Cómo se explica, señor Citrine, el ascenso y la caída de Von Humboldt Fleisher?
-Jovencitos, ¿qué pretendéis hacer con los datos sobre Humboldt: publicar artículos y dar un empujón a vuestras carreras? Eso es puro capitalismo.
Pensaba en Humboldt con mucha más seriedad y pena de las que tal vez trasluzca este relato. Yo no amaba a muchas personas; no podía permitirme el lujo de perder a ninguna. Un signo infalible de amor era que soñaba con Humboldt muy a menudo. Cada vez que lo veía me conmovía y lloraba en sueños. En una ocasión soñé que nos encontrábamos en Whelan's Drugstore, en la esquina de la Sexta y la Octava, en Greenwich Village. No era el hombre destrozado, plomizo e hinchado que había visto en la calle Cuarenta y seis, sino que se trataba todavía del Humboldt corpulento y normal de la mediana edad. Estábamos sentados en un bar donde no servían alcohol, tomando una Coca-Cola. Me eché a llorar. Le dije:
-¿Dónde has estado? Creía que habías muerto.
Él, muy calmado, sereno, parecía sumamente complacido.
-Ahora lo comprendo todo -dijo.
-¿Todo? ¿Qué es todo?
Pero lo único que respondió fue:
-Todo
No pude sonsacarle nada más y lloré de felicidad. Fue uno de esos sueños que se tienen cuando el alma está tocada. Mi personalidad en vigilia dista mucho de la sensatez. Nunca me darán ninguna medalla por mi carácter. Y todas esas cosas deben de estar completamente claras para los muertos. Ellos han abandonado por fin la esfera humana, problemática, mundana y borrosa. Tengo el presentimiento de que, en vida, miras hacia el exterior desde el ego, tu centro. Tras la muerte, te sitúas en la periferia y miras hacia el interior. Ves a tus viejos amigos en Whelan's, luchando todavía con la pesada carga del individualismo egoísta, y los alientas dándoles a entender que cuando les llegue la hora de entrar en la eternidad, también ellos empezarán a comprender y a hacerse por fin una idea de lo que ha pasado. Como nada de esto es ni de lejos científico, nos da miedo pensarlo.
Muy bien, intentaré resumir: a los veintidós años, Von Humboldt Fleisher publicó su primer libro de poemas. Cualquiera habría pensado que el hijo de unos inmigrantes neuróticos de la Ochenta y nueve y del West End -su excéntrico padre persiguiendo a Pancho Villa y, en la foto que me enseñó Humboldt, con una cabeza de cabello tan ensortijado que se le caía la gorra militar; su madre, miembro de una de esa familias judías típicas, a lo Potash y Perlmutter, fértiles, dicharacheras e interesadas por el béisbol y los negocios, poseedora de una belleza de tez morena al principio, mujer silenciosa, lúgubre y demente luego-, que un joven así, decía, sería torpe, que su sintaxis resultaría inaceptable para los celosos críticos no judíos guardianes del establishment Protestante y la Tradición Gentil. Pero no, nada de eso. Sus poemas eran puros, musicales, ingeniosos, radiantes, humanos. Creo que platónicos. Digo platónico en el sentido de una perfección original a la que todos los seres humanos anhelan regresar. Sí, las palabras de Humboldt eran impecables. La América gentil no tenía de qué preocuparse. Se había puesto nerviosa: temía que el Anticristo surgiera de los barrios bajos. Pero quien apareció fue Humboldt Fleisher, y con una ofrenda de amor. Se comportaba como un caballero. Era encantador. Así que le acogieron calurosamente. Conrad Aiken le elogió, T. S. Eliot hizo comentarios favorables de sus poemas y hasta Yvor Winters tuvo una palabra amable para él. Por lo que a mí respecta, pedí treinta dólares prestados y me fui ilusionado a Nueva York a hablar de todo con él en Bedford Street. Eso fue en 1938. Cruzamos el Hudson en el ferry de Christopher Street para comer almejas en Hoboken y charlar de los problemas de la poesía moderna; quiero decir, más bien, para que Humboldt me sermoneara sobre ellos. ¿Tenía razón Santayana? ¿Había caído la poesía moderna en la barbarie? Los poetas modernos disponían de un material más maravilloso que Homero o que Dante. De lo que carecían era de una idealización sensata y estable. Ser cristiano ya era imposible; ser pagano, también. Y eso dejaba... bueno, lo que todos ya sabemos.
Yo había ido a escuchar que las grandes cosas podían ser verdad. Y eso me dijo él en el ferry de Christopher Street. Tenían que hacerse gestos maravillosos y Humboldt los hacía. Me dijo que los poetas debían descubrir cómo eludir la América pragmática. Me lo explicó con torrencial detalle aquel día. Y allí estaba yo, extasiado, habiéndome levantado como un simple vendedor de Fuller Brushes, con un sofocante traje de lana, una prenda usada de Julius. Los pantalones me quedaban grandes en la cintura y la camisa me hacía bolsas por todas partes porque mi hermano Julius era muy ancho de pecho. Me enjugaba el sudor con un pañuelo que tenía una «J» bordada.
Humboldt estaba empezando a engordar. Se lo veía cargado de hombros, pero todavía delgado alrededor de las caderas. Más tarde desarrolló una barriga prominente, como Babe Ruth. Las piernas no paraban quietas y sus pies hacían movimientos nerviosos. Por abajo, una comedia inquieta; por encima, dignidad y aires principescos, un cierto encanto de chiflado. Una ballena que hubiera emergido junto a tu barca te miraría del mismo modo que te miraba él con sus ojos grises, hundidos y separados. Era delicado y tosco a la vez; pesado, pero también leve; y la tez de la cara parecía pálida a la par que morena. El cabello dorado castaño se le elevaba ondulante sobre la cabeza: dos crestas claras y un seno oscuro. Tenía una cicatriz en la frente. De niño se había caído encima de la cuchilla de un patín, que le había desgarrado la carne hasta el hueso. Los labios le sobresalían protuberantes y la boca estaba poblada de dientes que parecían infantiles, como si fueran aún de leche. Apuraba los cigarrillos que fumaba hasta la última brizna de tabaco y llevaba la corbata y la chaqueta salpicadas de quemaduras.
Aquella tarde, el tema fue el Éxito. Yo venía del culo del mundo y él me estaba poniendo al día de todo. ¿Podía imaginarme, me dijo, lo que era dejar pasmado al Village con tus poemas y luego seguir publicando artículos en el Partisan y la Southern Review? Tenía mucho que contarme sobre el modernismo, el simbolismo, Yeats, Rilke, Eliot. Además, era un gran bebedor. Y, claro, no faltaban chicas. Por si fuera poco, Nueva York era por entonces una ciudad muy rusa; Rusia nos rodeaba dondequiera que fuéramos. Constituía un ejemplo, como dijo Lionel Abel, de metrópolis que anhelaba pertenecer a otro país. Nueva York soñaba con marcharse de Norteamérica y fusionarse con la Rusia soviética. En su conversación, Humboldt pasaba con toda naturalidad de Babe Ruth a Rosa Luxemburg, Béla Kun y Lenin. Allí, en aquel momento, me di cuenta de que si no leía a Trotski inmediatamente no se me consideraría un conversador interesante. Humboldt me habló de Zinóviev, de Kámenev, de Bujarin, del instituto Smólny, de los ingenieros de Shajti, de los juicios de Moscú, de From Hegel to Marx de Sydney Hook, de Estado y revolución de Lenin. Es más, se comparó a sí mismo con Lenin:
-Sé -dijo- cómo se sentía Lenin en octubre cuando exclamó en alemán «Es schwindelt!». No se refería a que estuviera schwindling (engañando) a todo el mundo sino, en la otra acepción del término, a que aquello le daba vértigo. Lenin, pese a lo duro que era, se sentía como una jovencita bailando el vals. Yo también. El éxito me produce vértigo, Charlie. Mis ideas no me dejan dormir. Me acuesto sin tomar ni una copa y la habitación me da vueltas. También te pasará a ti. Te lo digo para que vayas preparándote -dijo Humboldt.
Cuando halagaba, lo hacía con una habilidad asombrosa.

1. Las imágenes poéticas de la enumeración anterior están extraídas de la obra de Percy B. Shelley. (Salvo indicación contraria, todas las notas son del traductor.)




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Michael Martin 1
Carmen Martín Gaite 3
Luis Mateo Díez 1
Federico Mayor Zaragoza 3
Abdelwahab Meddeb 0
Sophia de Mello Breyner Andresen 0
Eduardo Milán 1
Milos Urban 0
John Milton 1
Joan M. Minguet Batllori 2
Reinhard Mohn 2
Vicente Molina Foix 1
Eugenio Montale 1
Eduard Mörike 0
Edgar Morin 1
MP & MP Rosado 1
Isabel Muñoz 1
H. C. Andersen / N. Heidelbach 0
Vladimir Nabokov 2
Péter Nádas 1
Kiran Nagarkar 2
Pablo Neruda 5
Juan Carlos Onetti 3
Andrés Ortega 0
J. Ortega y Gasset 1
George Orwell 1
Josep Palau i Fabre 4
Josep Palau i Fabre 3
José Luis Pardo 3
Nicanor Parra 1
Borís Pasternak 1
Octavio Paz 15
Marie José Paz 1
Gregorio Peces-Barba 1
Perejaume 1
Perejaume 1
Benito Pérez Galdós 3
Antonio Pérez-Ramos 1
Fernando Pessoa 1
Imre Kertész y Péter Esterházy 0
Andréi Platónov 1
Jaume Plensa 2
Edgar Allan Poe 2
Francis Ponge 1
Jordi Pujol 1
Joseph Ratzinger 1
Marcel Reich-Ranicki 2
Joan Ramon Resina 1
Elena Ribera de la Souchère 1
José María Ridao 6
Julián Ríos 4
Gonzalo Rojas 1
Vicente Rojo 1
Salvador Dalí 0
Andrés Sánchez Robayna 2
Giuseppe Sansone (ed.) 1
Gonzalo Santoja 1
Antonio Saura 5
Carlos Saura 4
Fernando Savater 1
Jonathan Schell 1
Cioma Schönhaus 1
Peter Seewald 1
Tomás Segovia 1
Birger Sellin 1
Vitali Shentalinski 3
Edison Simons 1
Antonio Skármeta 1
Humphrey Slater 2
Christiane Stallaert 1
Wallace Stevens 0
Botho Strauss 2
Mariam Suárez 1
Emir Suljagic 1
Jerano Talens 1
Tzvetan Todorov 4
Lev Tolstói 1
Meri Torras 0
Eugenio Trías 1
Fernando Trueba 1
Marina Tsvietáieva 2
José-Miguel Ullán 1
Giuseppe Ungaretti 0
Armando Uribe 1
José Ángel Valente 6
Paul Valéry 1
Blanca Varela 1
Mario Vargas Llosa 5
Joan Pere Viladecans 3
Klaus Wagenbach 1
Fred Wander 1
Edward O. Wilson 1
Josef Winkler 3
Don Winslow 0
Christa Wolf 2
Jordi Balló/ Xavier Pérez 1
José Zorrilla 0